El juego es algo muy serio

Actualizado: 24 de ago de 2019



En ocasiones los adultos pensamos que el juego en los niños es sinónimo de pérdida de tiempo, se consideran más importantes las clases de matemáticas o lectura rápida. Sin embargo, el juego es el equivalente al trabajo en la adultez. Se trata de una actividad seria y llena de sentido que prepara para el trabajo y el amor en etapas futuras, teniendo en cuenta que implica aspectos tan importantes como la socialización, la comunicación y la simbolización. Es por esto que el juego es considerado como principio básico de la cultura y expresión de la salud en la primera infancia.

El juego es la mejor forma de aprendizaje. Francisco Mora, neurocientífico, plantea que el juego se da utilizando mecanismos de curiosidad, recompensa y placer. “El juego es un mecanismo inventado por la naturaleza a través del cual el niño aprende y adquiere habilidades y capacidades de un modo eficiente, y esto le hace ser más apto para el mundo”. De esta manera, el desarrollo emocional de un niño viene de la mano del juego. Es el instrumento que tiene el cerebro para aprender y experimentar, tanto en lo cognitivo como en lo emocional. Según estudios psicológicos se ha comprobado que aquellos niños que han logrado jugar libremente son adultos más equilibrados, con mayor control cognitivo y una mayor regulación emocional.

El desarrollo del juego se mueve en el plano del como sí, es un plano intermedio entre la fantasía y la realidad, en el sentido que se rige a ciertas reglas de la realidad, pero a la vez da la posibilidad para imaginar y creer que todo es posible. El juego tiene dos tiempos: el tiempo real (tiempo cronológico) y el tiempo del juego; a su vez tiene dos espacios: el espacio real y el espacio del juego. Así por ejemplo, un niño puede jugar a ser el astronauta del futuro e imaginar que se encuentra en el espacio mientras juega con las luces de su casa imaginando que se trata de las estrellas. De esta manera, vemos cómo el juego no se rige completamente por la lógica racional y objetiva, pero tampoco se encuentra completamente desligado de ella.

Además, el juego del niño no es aleatorio, hay una intención clara en la elección que se hace. A través del juego hay una elaboración por parte del niño, él logra dominar aquello que en la realidad escapa a su control, él puede hacer lo que en la vida real le hacen a él, él puede ser adulto y regañar a los otros como si fuera el padre. En pocas palabras, el juego le da la posibilidad al niño de crear un nuevo orden en el mundo que le resulte más grato. Vemos por ejemplo, cómo los niños repiten una y otra vez un mismo juego, generalmente se trata de la elaboración de una situación displacentera que al ser puesta en el juego de manera repetida, le permite al niño sentir que la domina y no que la situación lo ha dominado, como seguramente sucedió en la realidad.

En este sentido, el juego es sanador en sí mismo. A veces ni siquiera es necesario interpretarlo. Cuando el niño haya realizado la elaboración que requería a nivel inconsciente, cambiará de juego de manera natural. Es por esto que es muy importante permitirle al niño expresar sus emociones a través del juego, por ejemplo al destruir lo que ha construido, al imaginar que sus manos son pistolas o al jugar con espadas plásticas que no representen peligro real. El niño necesita elaborar a través del juego su enojo, su indisposición frente al adulto, su miedo, su angustia. Hay una falsa creencia en nuestra cultura que desea creer que los niños son solo alegría, cuando en realidad los niños también se enojan frente al mundo y el juego es una manera sana en la que el niño se pone en contacto con sus emociones y aprende a manejarlas.

El pedagogo Francesco Tonucci afirma que el juego es placentero y no soporta vigilancia. ¿A qué se podría referir con eso? El juego implica riesgo, y necesitamos darle a nuestros niños la posibilidad de jugar en espacios que no estén controlados ni vigilados. Una exploración en libertad donde prime el juego libre, sin juguetes sofisticados y sin adultos. ¿Y por qué mencionamos el uso de juguetes sencillos? Porque el mejor juguete es aquel que sin ser nada abre a un mundo de posibilidades de serlo todo. Los juguetes sofisticados y tecnológicos ya están terminados y no permiten la creación.

De esta manera, a pesar de su valía e importancia el juego se juega por jugar, por diversión, se le quita toda connotación intencionada, eso es cosa de adultos. El niño juega por puro placer, sin ser consciente de que este es un mecanismo empleado por la naturaleza para aprender y entrenarse en lo emocional. ¿Y por qué es importante saber esto? Porque es necesario que el adulto no intervenga, no medie, no pregunte, solo observe. Sin evaluar o sin calificar. Como explica Mar Romera: “no es importante cuestionarse cuánto aprende, solo plantearle posibilidades para que su experiencia de juego sea rica y variada. El lugar ideal es la naturaleza, la ciudad completa. La compañía, cuantos más niños y niñas de diferentes edades, mejor. Las reglas, ellos las saben”.

En conclusión, la invitación está en promover el juego en la primera infancia, en especial el juego libre que da espacio para la imaginación y la creación, de forma que le permita al niño expresar sus fantasías, deseos y emociones de manera simbólica. El juego da la posibilidad de externalizar lo que atormenta internamente, permitiendo así el alivio de la angustia.

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