Más corazón, menos información: ¿Para qué Inteligencia Emocional en el sistema educativo?

Actualizado: 24 de ago de 2019



¿Por qué no es suficiente con ser académicamente sobresaliente? Muchas veces se estudia para aprobar un examen, y así aprobar la asignatura, el curso y poder pasar al siguiente. Niños y niñas presentan un examen y acto seguido, lo olvidan. En los colegios, muchas veces, no se estudia para aprender. Lo que les interesa lo aprenden de otra manera y fuera del sistema educativo. Por años hemos creído que acumular información es la clave para ser profesionales destacados. Y la verdad es que no es así. Ni la inteligencia ni el desempeño académico determinan una vocación y vida profesional exitosa.

Durante muchos años, y aún hoy, se podría asumir que el coeficiente intelectual es un predictor del puesto de trabajo que un estudiante puede llegar a conseguir en el futuro. Podríamos caer en la trampa de pensar que si una persona tiene un alto coeficiente intelectual, reflejado en su buen desempeño académico, entonces será capaz de realizar tareas complejas y por tanto obtener un puesto alto. Sin embargo, se ha comprobado que “las calificaciones académicas de una persona y el prestigio de la universidad donde estudió tienen poco o nada que ver con su efectividad en el trabajo” Goleman.

El cerebro humano es un kilo y medio de células y jugos nerviosos que alcanza su madurez anatómica cuando ya todos los demás órganos la han logrado, a los 20 años en promedio. Por su parte, el coeficiente intelectual es un factor genético que no puede ser modificado por la experiencia vital. De esta manera, pensaríamos que nuestro futuro está determinado por la genética y el desarrollo cerebral. Entonces, ¿cómo es posible explicar que en ocasiones las personas que tienen un elevado cociente intelectual tienen dificultades en su desempeño laboral, mientras que aquellas que tienen un cociente intelectual modesto se desempeñan perfectamente?

En 1940 el psicólogo David McClelland publicó un polémico artículo titulado: “Evaluar las competencias más que la inteligencia”, en donde hizo una fuerte crítica a todo el sistema de evaluación estadounidense que aplica test de inteligencia o pruebas de aptitudes para el ingreso a universidades o incluso a trabajos. Su planteamiento era contundente: el buen desempeño en dichas pruebas, es decir altas habilidades cognitivas, no necesariamente garantiza el éxito laboral.

Para ilustrar su argumento realizó un estudio en la Universidad de Wesleyan donde era docente de College. Hizo una lista con sus ocho mejores estudiantes y sus ocho peores estudiantes de acuerdo a las calificaciones que obtenían. Dieciocho años después los contactó para rastrear qué estaban haciendo, cómo estaba su proyecto de vida y sobretodo su carrera laboral. Para su sorpresa no pudo distinguir, entre la lista de participantes, los de bajo y alto rendimiento académico. Había entre ellos abogados, doctores, reconocidos científicos y profesores. La única diferencia que sí logró detectar fue que aquellos estudiantes con mejores calificaciones habían accedido a Universidades más prestigiosas. Aun así, a pesar de esta aparente ventaja, el éxito profesional entre todos era completamente equiparable.

Hace 78 años McClelland hizo un llamado al sistema de educación superior para que reevaluara sus procedimientos a la hora de admitir o no a los candidatos a sus programas. En mi opinión este llamado debería hacerse aún hoy, no solo a universidades, sino también a jardines infantiles, colegios y a todo el sistema educativo en general. ¿Por qué dejar el acceso a la mejor educación a aquellos que obtienen un excelente desempeño en las pruebas de admisión? Es como si en una academia de Tennis afirmaran que solo darán clase de Tennis a aquellos deportistas que ya sepan jugar muy bien tennis. ¿Acaso el propósito de la educación no está en propiciar oportunidades para un aprendizaje y mejora continua?

Retomando el punto central de este artículo es hora de preguntarnos, si el conocimiento no lo es todo en el desempeño a futuro ¿qué sí lo es? Aquello de resolver ecuaciones, hacer polinomios, poner bien las tildes… todo eso está bien, y está bonito, pero no es lo único. Sí que no es lo único. La organización para la Cooperación y el Desarrollo, la OCDE, plantea las siguientes habilidades fundamentales en el trabajador del siglo XXI:

  • Se respeta a sí mismo y al resto

  • Tiene una vida interior rica

  • Sabe escuchar y ser comprensivo

  • Reconoce los aciertos y aprende de sus errores

  • Es innovador apoyado en una buena autoestima

  • Tiene equilibrio emocional

  • Es puntual y responsable

  • Es flexible ante los cambios

  • Es positivo y optimista

  • Gestiona conflictos

  • Ejerce liderazgo

  • Tiene un espíritu de superación y aprendizaje constante

  • Alienta el trabajo grupal

¿De qué está hecho entonces un gran empresario capaz de realizar sus sueños e inspirar, influenciar, persuadir, cooperar y dejar huella en la sociedad? De autoconsciencia. La conciencia de nosotros mismos y de los demás es la esencia de la inteligencia emocional. Ser capaces de volcar la mirada hacia nosotros mismos es una meta-habilidad, un aspecto de la atención que les permite a los altos ejecutivos evaluar sus propias fortalezas y debilidades para lograr crear equipos de trabajo que se complementen. A partir de la autoconsciencia se desarrolla la perseverancia, la resiliencia y el impulso a alcanzar metas. Así mismo, la resolución de un problema implica autosconciencia, empatía y compasión, todo acompañado de una comprensión de los sistemas involucrados.

La gran mayoría de las veces nos deben hacer caer en cuenta de nuestros errores para que los modifiquemos, pero qué pasa si somos lo suficientemente capaces de observarnos para corregirnos. Esa es la clave del éxito: la mejora continua. El tan anhelado éxito empieza adentro, no afuera. Empieza volcando la atención al interior, para desarrollar intuición que permite tomar decisiones acertadas. De nuestra capacidad para conectarnos con nuestro cuerpo, con nuestras sensaciones, es como se desarrolla la autoconsciencia y el autoconocimiento.

Si bien es cierto que la herencia genética contiene rasgos emocionales que determinan nuestro temperamento, el circuito cerebral empleado es maleable, Goleman explica: “Temperamento no es destino”. Entonces, ¿Por qué incluir la inteligencia emocional dentro de un plan de estudios? La respuesta es sencilla, toda lección emocional en la niñez prepara a nuestros mas pequeños para relaciones más armoniosas, para trabajos más exitosos. Para crear lideres sobresalientes necesitamos más talento humano y habilidades blandas, que conocimiento académico y talento cognitivo. Es por eso que la educación, como argumenta Mar Romera, debería hacer especial énfasis en la educación con tres C’s: Capacidades, Competencias y Corazón, mucho corazón.