Hijos gestados en el corazón

Actualizado: 24 de ago de 2019



<En la adopción, pasado no es sinónimo de destino>

Imagínense el estadio el Campín de Bogotá lleno de niños y niñas tres cuartas partes. 27.600 menores de edad para ser exactos. Esa es la cantidad de niños que reportó el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar en enero del 2018 como víctimas de algún tipo de maltrato o vulnerados en sus derechos, y que se encuentran actualmente en hogares sustitutos o internos en instituciones de protección.

Ahora imagínense la Plaza de Toros de Santamaría llena de niños y niñas en sus cuatro quintas partes. Representaría los 12.000 niños ya declarados en adoptabilidad que esperan una nueva familia, un nuevo comienzo. Sin embargo, de esos 12.000, 8.900 niños superan los 10 años, lo cual prácticamente garantiza que crezcan sin una hogar y vivan en dichos establecimientos hasta que cumplan los 18 años.

Se calcula que mensualmente entran 2.000 niños al sistema de protección, donde se determina finalmente si deberán ser adoptados o reintegrados a sus familias biológicas. El número de niños vulnerados y sin hogar crece exponencialmente, mientras la adopción no. Según el ICBF, en siete años, del 2010 al 2017, únicamente 3.433 niños fueron adoptados. ¡En siete años! Esto equivale a 490 niños adoptados anualmente, versus los 12.000 que aún hoy, 2018, continúan esperando una familia.

No se ustedes, pero hay algo en estos números que no logro entender, una incoherencia que quisiera poder justificar. ¿Falta concientizar a las parejas y potenciales padres sobre esta realidad? ¿Solo los psicólogos infantiles y trabajadores sociales comprenden el dolor que viven estos niños? ¿Se presume que la infertilidad debe ser a única razón para adoptar? La pregunta que recoge todas las anteriores: ¡¿Por qué no hay más familias colombianas que consideran la adopción?! Solo se me ocurre responder: por tabú, miedo o desconocimiento.

Qué tan contundente llega a ser la diferencia entre la parentalidad biólogica y la adoptiva. Es debatible. En lo que sí estamos de acuerdo es que se puede tener un hijo biológico y aun así no desplegar una función materna o paterna. Por esa sencilla razón la antropología, desde su estudio transcultural, establece la parentalidad como una dimensión psicológica que se construye y se nutre.

Según Strathern, “el parentesco en tanto que reconocimiento social de una relación biogenética es una construcción cultural –no natural– y, por tanto, contingente”. No tiene que ver tanto con la sangre como sí con el amor. En estos casos el vínculo puede ser igual o más fuerte que con padres biológicos. La genética no es garantía de nada. El vínculo materno y paterno se construye y requiere presencia, tiempo, cuidado, confianza.

¿Y en qué afecta realmente no compartir material genético con nuestros hijos? No tendríamos certeza de los antecedentes familiares, es cierto. No sabríamos con qué predisposiciones vienen. Y la herencia genética contiene incluso rasgos emocionales que determinan el temperamento. Pero el circuito cerebral empleado es maleable. Goleman explica: “temperamento no es destino […] las lecciones emocionales que aprendemos de niños dan forma a los circuitos emocionales haciéndonos más expertos – o ineptos- en la base de la inteligencia emocional”.

La infancia y la adolescencia es una ventana crítica para fijar los modelos, patrones y hábitos que determinarán el comportamiento en la adultez. Cualquier carga genética, como la depresión, alcoholismo o enfermedad mental, por determinante que parezca, puede no manifestarse si el contexto no la propicia. Por ejemplo, si soy hija de padres depresivos pero en mi vida he logrado desarrollar mecanismos de afrontamiento como buen humor, cuento con buenas redes de apoyo, realizo actividad física y además tengo herramientas de regulación emocional, los síntomas de la depresión no se manifestarán. Los genes no son determinantes, pueden permanecer dormidos toda una vida.

La carga genética no es un problema per se. Sin embargo, sería ingenuo desconocer que el desarrollo de un niño o niña adoptado sí resulta mucho más desafiante. Existe evidencia científica que demuestra que un feto "puede oír, experimentar, degustar y de manera primitiva, incluso aprender in útero. Y lo más importante es que puede sentir" (Verny y Kelly, 1989). El estrés de la madre produce catecolaminas que permean la placenta y afectan el desarrollo del embrión. De esta manera, el rechazo del embarazo y el posible maltrato que sufren estos niños antes de ser protegido por la ley deja secuelas profundas en su psiquis.

En el artículo “El amor se debe sentir en voz alta”, publicado hace quince días, hablamos de la importancia del apego seguro. No lograr construir vínculos fuertes durante los primeros años de vida repercute en la falta de habilidades sociales, falta de control de impulsos y adaptabilidad en general. Esta verdad es innegable: el proceso de construcción de identidad en un adolescente adoptivo es más complejo, en tanto su historia tiene lagunas de información o realidades difíciles de asimilar y, además, careció de un sistema que le permitiera satisfacer sus necesidades filiales. En la adopción la sensación de haber sido rechazado es inherente, “el niño ha sufrido de forma real el rechazo de los que le engendraron” (Miravent y Ricart). La sensación de abandono será un fantasma que lo persiga, pero no necesariamente para siempre.

Pasado no equivale a destino, la sensación de abandono se puede trascender; el fantasma puede desaparecer. La familia adoptiva debe brindar las herramientas y facilitar los escenarios para reconciliarse con los padres biológicos, procesar y resignificar el abandono. Incluso, con niños muy pequeños se sugiere utilizar la palabra separación en lugar de abandono. En tanto separación es un término neutro que puede ser incorporado dentro del discurso autobiográfico sin el dolor del rechazo. En este caso se estaría de-construyendo el discurso que posiciona al niño adoptado en condición de víctima y le devuelve la dignidad que le permitirá ser agente de su propio desarrollo.

Un niño que, discursivamente, ha sido separado de su familia biológica –no abandonado- es “un niño con un poder endógeno, constructor, con una fuerza que es posible de ejercerse por fuera de discursos y prácticas hegemónicas que lo niegan” (Obando). Boris Cyrulnik, quien se ha dedicado a estudiar los procesos resilientes de los niños, asegura que los adultos con su discurso rotulan y determinan la realidad subjetiva del menor. Ellos no son víctimas del destino ni mucho menos cómplices de sus padres biológicos agresores, son seres con la infinita capacidad para superar su situación de vulnerabildiad al resignificarla y narrarla desde el lugar de no-victima.

Cuáles son los miedos que pueden aparecer cuando una pareja considera el tema de la adopción: que no me quiera como me querría un hijo biológico. Que desconozco su herencia genética y no se “con qué puede venir". Que tenga profundas heridas psicológicas que no logre sanar. A todo lo anterior ya vimos cómo la capacidad de agenciamiento para significar y transformar es mucho mas poderosa que las circunstancias que rodearon su nacimiento y primeros años. Toda la evidencia científica y psicológica lo demuestra: La adopción sí puede ser un nuevo comienzo. Porque pasado no es sinónimo de destino y estos 12.000 niños merecen una nueva oportunidad.

***

Artículo sobre herramientas para las familias adoptantes: "Un pacto del cielo". Lo encuentras en nuestro Blog.


180 vistas