Yo sí trabajo, soy mamá.

Actualizado: may 10



Promover espacios donde se fortalezca el vinculo madre-bebé se siente como nadar contra la corriente. La verdadera demanda está en los jardines infantiles o las guarderías, espacios drop-off, donde las mamás dejan a sus bebés para que otras personas se ocupen de ellos. ¿Las razones? Validas e infinitas.


Sin embargo, como psicóloga infantil me sigo preguntando, por qué. Quisiera entender el discurso que asegura que los bebés deben pasar tiempo solos, que es mejor que otros se ocupen de sus cuidados, que una mujer perderá su valía si se dedica a educar a sus hijos los primeros años de vida. Quiero entender la generación de mi mamá, donde una niñera era la que se encargaba de acompañar, sostener, jugar y hasta alimentar. Quiero entender la generación de mi mamá, que luchó tanto por posicionarse laboralmente que no podía darse el lujo de perderlo todo por criar hijos. Quiero entender sus motivos y razones, sin juicio, solo entender. Y quiero pensar que nuestra generación hoy tiene mas opciones. Una mirada mas amplia, mas posibilidades y menos estigma frente a la mujer que responde, al preguntarle a qué se dedica: Yo crío a mi hijo/hija.

Un día cualquiera en un evento social conversé con un hombre de unos 26 años, tatuado hasta el cuello y con la típica apariencia varonil que jamás me habría dejado imaginar lo que me dijo a continuación. “Cuando tenga mis hijos quiero poder retirarme del trabajo por lo menos unos 4 años, quiero dedicarme a educarlo con la esposa que algún día tendré”. No había ningún tipo de pretensión en su afirmación, ni siquiera sabía que yo trabajaba con niños, su aspiración era real.


Ciertamente quede en shock, era el primer hombre al que había escuchado decir algo semejante. Era la primera vez que sentía tan genuino el deseo de poner la crianza primero, no como una tarea secundaria, sino como un fin en sí mismo. Fue toda una sorpresa, tanta que no tuve otra respuesta sino: “¿Nos casamos?”.

Todavía frecuento reuniones familiares donde preguntan por esta u otra persona. “¿Qué hay de la vida de Juanita?” o "Qué hay de la vida de Pepita" Y cuando responden que no está trabajando y está dedicada a su hijo puedo ver miradas de desdén, y el ambiente queda impregnado con un cierto: “pobrecita, no logró nada en la vida”. Yo solo quedo con un deseo imperioso de purificar el aire, de devolverle a esa mamá valiente todo el crédito que se merece, de darle voz a todos esos niños que si pudieran hablar no dirían otra cosa sino: ¡Mamá, quédate en casa! Este artículo es solo eso, un deseo de explorar bajo una mirada diferente el rol materno. Un deseo de limpiar el aire contaminado, ese aire que me sofoca en cada reunión familiar.

La maternidad no es una cualidad biológica e inherente a cada cuerpo que se identifique como femenino. El rol materno no es invariable, está influenciado por discursos y prácticas sociales que conforman un imaginario complejo y poderoso. La maternidad es la respuesta de un contexto histórico y cultural que entreteje un inconsciente colectivo. La historia de la mujer sitúa a la maternidad de una manera muy diferente a lo largo de los años, y nuestro desprecio hacia la labor de criar surge como una necesidad feminista por acallar la opresión patriarcal. Si en los años cincuenta fuimos esclavas del hogar, ahora haremos todo lo necesario para liberarnos del sometimiento.

Oprimir a la mujer fue la tarea primordial de la iglesia, devaluándola por ser descendiente de Eva y su pecado primordial. ¿Cómo salir del estigma? A través de la maternidad. Desde la ilustración se formula el modelo de buena madre, siempre sumisa al padre y únicamente valorada en tanto críe a los hijos. De esa manera, el amor maternal es código de buena conducta y deja de existir la mujer como individuo autónomo y poderoso.


Ser madre es una rehabilitación social y la única manera de reconocernos un papel propio e importante en la sociedad. Un sistema opresor que gravita en torno al hombre hace que la mujer encuentre su único valor en criar hijos. Ella es considerada inferior, su naturaleza es ser un ser subordinado que está únicamente determinado por la biología de parir y criar.

El paradigma continua y se perpetua a lo largo de los años. Llega la postguerra y con ella el estereotipo de la ama de casa de los años 50 y el baby boom. Más que nunca antes la maternidad fue una verdadera cárcel. Tal y como Juliet Mitchell lo definió, la crianza de los niños fue un instrumento de opresión. No es sorpresa entonces que el movimiento feminista aparezca para disociar a la mujer de la madre, permitiéndole afirmarse como sujeto autónomo, poderoso y valioso.


El sujeto-mujer toma protagonismo y se elimina la noción de la maternidad-deber, a tal punto que la segunda ola feminista considera que es necesario dejar de parir para lograr la verdadera libertad femenina. La mujer necesitaba liberarse de tantas cadenas y dejar de ser una víctima, mártir, no-libre. Necesitaba volver a la vida por su propio mérito, no solo el de ser mamá.

¿Qué pasó entonces? Que nos fuimos al otro polo, y de nuevo el rol maternal quedó supeditado a un mundo que gravita en torno a los intereses políticos y económicos de un sistema patriarcal y consumista. Aparece el capitalismo moderno y la posición de la mujer-madre empieza a devaluarse. Una mezcla de idealización con desprecio hace que las feministas revalúen la maternidad. La madre pierde los derechos en el hogar y es sinónimo de desprestigio. Nuestra economía nunca para y las mujeres ahora son fuerza productora. Conseguir para acumular, y los hijos que se críen solos. Darle pausa a una profesión por criar a un bebé es casi ofensivo para la mujer empoderada y vanguardista. Lactar en publico se considera pudoroso. Las guarderías y jardines infantiles abren sus puertas cada vez más temprano. Cada vez veo más apegos seguros con niñeras y menos con madres. Si pudieran parir por nosotras seguramente muchas no dudarían en contratar el servicio. Es doloroso, pero real.

Se solía creer que toda mujer nacía con una obligación, su biología le imponía una ética de cuidado que marcaba su destino: ser mamá. Uno de los regalos mas grandes y preciados de nuestra generación es la convicción de que no todas las mujeres deben ser necesariamente madres. ¿Quién dijo acaso que todas quieren o deben serlo? Este es un grito fuerte y claro que aboga por la independencia femenina y su poder de decisión.


Mujeres, la elección es libre, podemos escoger si ser mamás o no. Pero si la respuesta es sí, comprometámonos a esa labor con alma y corazón. Para las futuras mamás y las que ya lo son: Reivindiquemos el rol social de la madre y su lucha por la comunidad y la familia. Recordemos la maternidad como vía para el desarrollo espiritual, psicológico y el cambio social. Repitamos incansablemente que lo que nuestros bebés necesitan es tiempo y cuidado; juego y canto; lactancia y contacto físico. Necesitan a sus madres y padres, con ellos, bien cerca, ojalá en casa. Necesitan una mamá que no titubee cuando responda: Yo me dedico a mis hijos.