La escuela del saber o la escuela del ser

Actualizado: 24 de ago de 2019


“El objetivo final de todas las escuelas: criar hijos más grandes que ellas, tan grandes que puedan burlarse de ellas” Lorenzo Milani


Trastorno por déficit de atención con hiperactividad; Trastorno del aprendizaje; Discapacidad intelectual; Retraso global del desarrollo… tantos rótulos para señalar al niño fuera del promedio. Es ese mismo estudiante que resulta inconveniente, que contradice, que se sale del currículum, que reta al maestro, que aprende de otra manera, que pide a gritos una escuela que le enseñe de verdad. ¿Y si no es el niño el que está enfermo, sino la escuela quien lo enferma?

Señalar el error, como en el fútbol, es pitar la falta. La diferencia es que en la escuela se pita contra el mismo equipo. Y para que no quepa duda queda registrado en un certificado de notas trimestral, que además se divulga. Los niños necesitan un equipo docente de su lado, apoyándolos para crecer y aprender, no culparse y avergonzarse. Un equipo docente que los reconozca como diferentes, no deficientes.

Muchas de las tareas y proyectos de la escuela parecieran sentencias lapidarias que garantizan el fracaso. Y el fracaso que además se condena, porque no hay cabida para el aprendizaje desde el error. La evaluación pareciera un “reparto de premios y castigos, como una designación de jerarquías difíciles de romper, un lugar donde se marcan los buenos, los malos y en ocasiones los regulares” Mar Romera.

Y ni hablar del disfrute. Se estudia para aprobar un examen, y así aprobar la asignatura, el curso, y poder pasar al siguiente. Se hace el examen y acto seguido se olvida. Lo de aprender para después. Porque lo que interesa aprender se aprende afuera de la escuela. Se remplazó gozo por obligación. Curiosidad por imposición. Y se olvidó que “lo que se aprende en la escuela no es para la escuela, es para la vida” Mar Romera. ¿Para qué memorizar? ¿Para qué el esfuerzo en resolver exámenes? ¿Para qué los títulos? Para ser mas equilibrados, creativos y flexibles ante el cambio, esa es la realidad que todo maestro parece haber olvidado.

En nuestro sistema educativo tradicional el maestro dejó de ser jardinero para ser agricultor. El agricultor, aunque coseche con esmero, espera que sus frutos sean todos iguales. El jardinero no quiere que su rosa se parezca a su tulipán. Reconoce la belleza de cada flor en su jardín, y atiende a las necesidades de cada cual. El maestro se olvidó de despertar el potencial único de cada estudiante, de dejarlos brillar su propia luz. Los quiere a todos iguales, no importa. Mediocres, pero iguales; infelices, pero iguales; competitivos, pero iguales.

¡De una vez por todas maestros, atendamos a la diversidad, dejando a un lado la insensatez de buscar resultados iguales en sujetos diferentes! No sigamos replicando la escuela de la selva:

Se cuenta que un día un viejo búho visitó la ciudad y regresó con una nueva idea a la selva: construir escuelas para todas las crías animales. El león tomó la noticia con agrado y entonces concertaron los detalles. Las asignaturas serían aquellas útiles para la vida salvaje: natación, carrera, vuelo y trepa.

Los animales se agruparían por fecha de nacimiento (eso se lo copiaron a los humanos) y los maestros serían expertos en cada asignatura. Así, con esas condiciones empezó a operar la escuela. En un mismo grupo cayeron por edad el pato, león, águila y koala.

La primera clase fue natación. El pato triunfó. El león apenas consiguió meter las patas. El águila, con problemas de actitud, se negó a mojarse las plumas. "Abra que llevarlo a comisión de convivencia y si la situación no mejora será suspensión segura", pensó el profesor pez.

Luego llegó la clase de carrera. En esa el león triunfó, pero con sus antecedentes de natación abría que vigilarlo de cerca. El pato por su parte corría bastante mal, clases de refuerzo fue la solución. Le quitaron horas a sus clases de nado para que reforzara carrera. El águila en carrera fue un desastre, solo lograba dar saltitos. Le abrieron expediente disciplinario, a la próxima expulsión.

Siguieron con la clase de vuelo. El pato era mediocre en vuelo, pero ya tenía refuerzo en carrera, nada que hacer. El león era totalmente deficiente. El águila en esta clase por fin sobresalió, pero indisciplinada como siempre, se negaba a empezar a volar desde el suelo como los demás y lo hacía desde la copa de los árboles. Suspendida por mal comportamiento, la enviaron a casa.

Terminaron con la clase de trepa. Aquí triunfó el koala. ¡Ah el koala, me había olvidado de él todo este tiempo! Bueno no importa, en el aula siempre hay un niño invisible. El león no trepaba, el pato hizo lo que pudo, el águila estaba en casa por expulsión y el koala no era importante.

Por cierto, es necesario saber que el pato, cuando volvió a natación, también era mediocre, de tanto correr había perdido la membrana que tenía entre los dedos de las patas y que lo hacía excepcional en nado. Ese fue el día que aprendió para siempre que no era bueno en nada.*

* Historia adaptada del libro "La escuela que quiero" Mar Romera.

Como ésta, tantas escuelas que unifican y castran. Que alienan y mutilan el ser. La escuela que hace callar, que no permite riesgo, que asfixia la autonomía y el poder de decisión. Yo quiero pensar que mis hijos irán a la escuela que invite al error, al juego, a la diferencia. Yo quiero pensar que irán a una escuela que les enseñe “la aritmética del corazón y la gramática de las relaciones sociales” Pablo Fernández Berrocal.


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