• Marcela Lozano

La conquista del cuerpo en la primera infancia

Actualizado: 29 de ago de 2019



Hemos creído que el desarrollo infantil está en nuestras manos, queremos que nuestros hijos hagan todo más rápido, que se sienten, gateen, caminen, controlen esfínteres, todo lo más pronto posible. Inyectamos a la niñez de nuestra forma de vida completamente acelerada. Creemos que sabemos mejor que el niño cuándo es el momento indicado para el siguiente paso y olvidamos que la naturaleza del niño es simplemente más sabia que nuestro propio intelecto.

En este intento por acelerar el desarrollo le arrebatamos al niño la posibilidad de fortalecerse hasta que esté listo para el siguiente paso. Por ejemplo, de manera natural, un bebé explora su cuerpo, toca sus pies, sus piernas, descubre el movimiento de sus manos, aprende a voltearse y va intentando e intentando arrastrarse hasta que lo logra y una vez se ha arrastrado, él solito va levantándose hasta gatear. El niño gateará cuando esté listo para hacerlo, pero como no queremos esperar, entonces le fortalecemos los músculos, lo ponemos en la posición de gateo, le ponemos algo enfrente que le llame la atención y lo hacemos gatear. Cuando a un niño se le ha forzado a gatear, el gateo se vuelve rígido, teniendo solo una posibilidad de realizarse y dejando sin madurar muchas otras áreas. Cuando a un niño se le ha dado la libertad para desarrollar su gateo de manera natural, el niño gatea de diversas formas y está listo para hacerlo en todo sentido: ha logrado la madurez física que se requiere pero también la madurez emocional y cognitiva.

Necesitamos dejar de interrumpir los ritmos de la infancia, necesitamos darle espacio a nuestros hijos para que puedan vivir su desarrollo sin premura. Si nuestro niño aún no camina, no lo pongamos en un caminador. El caminador le daña su postura pélvica y no le permite desarrollar el equilibrio y el propio sostén que se necesita para caminar. Como resultado qué logramos: niños desconectados de su cuerpo que no saben cómo moverse y que no han afianzado su proceso corporal.

En la constitución de la corporalidad hay tres tipos de momentos que resultan claves: los momentos de soledad, los momentos en relación con los objetos y los momentos con el otro. Generalmente nuestros niños siempre están en compañía de alguien y sin duda la relación con el otro es lo más estimulante en el desarrollo. Sin embargo, los momentos de soledad le dan al niño la oportunidad para aprender a estar consigo mismo, para sentirse seguro en ausencia del adulto, en pocas palabras, para crecer en autonomía.

Igualmente, los momentos de exploración con los objetos le dan espacio para el juego, para crear, para inventar, para descubrir el uso y las propiedades de éstos. En este punto es muy importante que les demos a nuestros hijos la oportunidad de disfrutar de lo simple ¿Alguna vez se han preguntado por qué los niños, generalmente los pequeños, prefieren los objetos de la casa más que los juguetes? ¿Por qué prefieren la olla, los cajones y la cartera de mamá? Es justamente porque lo simple da espacio para la creación, para la invención y para la imaginación. Por el contrario, los juguetes que damos a nuestros hijos, llenos de efectos, sonidos y luces, poco espacio le dejan al niño para participar en la creación de la experiencia.

El llamado es entonces: confiemos en el ritmo de cada uno de nuestros hijos, démosles la posibilidad de ser los protagonistas de su propio desarrollo, volvamos a creer que la conquista del cuerpo va de adentro hacia afuera. Confiemos en la pauta que nos dan nuestros hijos, escuchémoslos, creamos que quienes más saben de ellos son ellos mismos. Nuestros niños están totalmente conectados con su cuerpo, preservemos esta conexión. No les digamos cómo deben gatear, cómo deben caminar, cómo se deben parar, nadie sabe más del propio cuerpo que él mismo.

Ágatha, Acompañando el Milagro de la Vida