Cuando un ¡NO! nutre más que mil SÍ

Actualizado: 24 de ago de 2019



La NORMA. Palabra aterradora, y con ella una decena de preguntas: ¿Cómo corregir sin dañar? ¿Norma es sinónimo de castigo? ¿Cómo saber si estoy siendo autoritario? ¿Como saber si estoy malcriando? Lo modelos familiares han evolucionado de un estilo de crianza tradicional y rígido basado en el autoritarismo y la violencia, a un estilo de permisividad extrema acompañado de hiperprotección. La pregunta última, ¿cómo navegar en el medio?

La familia es el espacio donde amamos, odiamos, rechazamos y aceptamos. Es nuestra primera escuela, el terreno fértil donde se siembra la semilla en su infinito potencial. Nuestra generación tiene el gran privilegio y responsabilidad de asumir la crianza y la educación de los hijos con consciencia. Pero ello acarrea un trabajo aún mayor, el de observarse. Y pocas familias tienen la valentía para hacerlo.“Nuestros abuelos no leyeron sobre educación, nuestros padres tampoco, nosotros sí, pero no se si realmente lo estemos haciendo mejor” Mar Romera.

¿Padres sobreprotectores?

Parecería casi instintivo querer poner a los hijos en una pequeña burbuja y suplir todas sus necesidades, evitándoles los riesgos de este mundo. Sin embargo, todo se resume en la frase del pediatra Janusz Korczak que escribió, “por miedo a que mueran no los dejáis vivir”. La construcción del caracter necesita tiempo, experiencias, práctica. Los niños necesitan hacerse hábiles en la superación de obstáculos y para ello necesitan experimentar fatiga y frustración. Solo así se pondrán a prueba y reconocerán sus propios recursos.

Los padres soprebrotectores suelen pertenecer a familias pequeñas, cerradas e hipervigilantes. Enemigos de la libertad y la autonomía. Parten de una creencia de que sus hijos no son capaces, y la profecía se cumple, pues hacen todo por ellos. Intervienen cuando no deberían y les evitan la frustración, el esfuerzo y el cansancio.

“La modalidad más significativa es «la asistencia rápida»” Giorgio Nardone. Para los hijos de estos modelos familiares no existe el esfuerzo, no deben pasar cuenta de sus acciones y todas las cosas le corresponden por derecho. Ya que no existen consecuencias, y las normas cambian a su antojo, el niño se vuelve dependiente, se frustra ante la más mínima dificultad y no resiste la derrota.

En el modelo familiar hiperprotector prima el amor excesivo, pero es un amor que asfixia. Para los padres es muy difícil entender cómo el cuidado y la protección puede llegar a ser contraproducente, pero en realidad lo que causa el desequilibrio es la falta de límites y normas. La falta de consecuencias crea en sus hijos la idea de incapacidad. <Si lo hacen por mí debe ser porque no soy lo suficientemente bueno para hacerlo>

Como explica la Terapia Breve Estratégica, la semilla de la patología puede anidar en el amor excesivo. Michel Yapko, uno de los mayores expertos mundiales en el estudio y el tratamiento de la depresión, afirma que la familia que evita responsabilidades puede crear el clima ideal para hacer emerger trastornos en la adolescencia. Cuando el amor excesivo busca complacer al niño sin importar los acuerdos establecidos, sin importar a las demás personas, sin importar el contexto, entonces se anida la incapacidad, la incertidumbre y la inseguridad.

Adultos: nuestra tarea no es FACILITARLES LA VIDA, sino EDUCARLOS PARA LA VIDA. ¡Nuestros niños necesitan normas! Toda experiencia nueva nutre el cerebro, moldeando los circuitos neuronales y reforzando o no ciertas funciones. Es decir que toda interacción con nuestros hijos literalmente está construyendo su cerebro."Enseñame a hacerlo sin tu ayuda", esa es la frase que nos gritan con su mirada nuestros bebés.

La infancia y adolescencia son dos fases cruciales de construcción de identidad y puede obstaculizarse cuando los padres sobreprotegen, produciendo “personas cada vez menos responsables y capaces de asumir en primera persona el peso de sus vidas” Nardone. Nuestros niños necesitan normas y la libertad para cumplirlas: ser dueños de sus propios triunfos y dueños de sus propias consecuencias.

Naveguemos en el centro, sin anclarnos a ninguna orilla, ni la sobreprotección ni el autoritarismo. Hagamos de la norma un aliada de la rutina, de los hábitos y los patrones. Permitamos al niño sentirse sentido mientras hacemos cumplir la norma: ¿Cómo? validando sus emociones, dando apoyo y contención emocional, mientras somos firmes, coherentes e intencionales.

Para establecer límites debemos explicar con claridad qué y cómo lo queremos, con completa coherencia: sin cambios, sin manipulación, sin engaños, sin ambigüedades, sin dobles sentidos. Las normas deben basarse en el respeto e incluir la explicación del por qué. La norma es el mejor aliado en la educación, siempre y cuando no venga acompañado de la humillación o de la descalificación. La desaprobación ante el incumplimiento de la norma se manifiesta, pero se manifiesta hacia la CONDUCTA en sí misma y NUNCA hacia la PERSONA. Los limites no compraran ni etiquetan y mucho menos chantajean. Que nuestros hijos nunca olviden: “Te quiero por quien eres y no por lo que haces” Mar Romera.

Cuando descalificamos la conducta y no a la persona estamos recordando una premisa básica de la disciplina positiva: no utilizar el verbo SER al hablar con los niños. “El verbo ser ejecuta sentencias sobre el autoconcepto en construcción de la infancia. Y <lo que es> ya no puede cambiarse” Mar Romera. De esta manera, no decimos:

ERES DESORGANIZADO, sino, TU CUARTO ESTÁ DESORGANIZADO.

¡ERES MENTIROSA! sino ¡LO QUE DICES NO ES VERDAD!

De igual manera con los calificativos positivos. No decimos eres la más inteligente o eres la mas hermosa. ¿Por qué? Porque cuando alguien les diga lo contrario entonces vivirán una gran frustración y no podrán aceptarlo.

Cambiamos ERES LA MAS PRECIOSA, por, PARA MÍ TÚ ERES LA MAS PRECIOSA.

No se malcría cuando acompañas emocionalmente a tu hijo. No vas a malcriar a un bebé por sostenerlo en brazos mucho tiempo ¿Qué sí malcría? Evitarles la frustración cuando algo sale como no quieren; evitarles las consecuencias naturales de sus acciones. Por esa sencilla razón decimos sí a la norma y no a la sobreprotección. En la crianza no todo se vale, porque en ocasiones un ¡NO! puede nutrir más que mil Sí.