¿Si lo ignoro, desaparece?

Actualizado: 24 de ago de 2019



Aplica para todo a continuación: pataleta, berrinche, desborde emocional, llanto, rabia o miedo. Si usted querido lector no quiere entrar en la trabajosa tarea de leer los siguientes siete párrafos, se lo resumo aquí, fácil y rápido: ¡NO! No desaparece. A simple vista usted pensará que sí.

¿Cuál es la verdad? Que la emoción en los niños solo se oculta, dejando graves secuelas a nivel psicológico. De hoy en adelante, hágale un favor a sus hijos: deje de ignorarlos en los momentos difíciles. Sus hijos merecen apoyo emocional, y eso también aplica cuando no tienen una sonrisa de par en par.

Me dolió profundamente ver un post de Instagram de una cuenta con millones de seguidores donde compartían el TIP número uno para manejar las pataletas: ignorarlas. Preocupada por esa publicación escribo hoy este artículo, porque más allá del resultado de lo que hacemos como padres, tenemos que tener en cuenta su impacto.

Con esta invitación aprovecho para cuestionar todo lo que se promueve en redes. El número de likes y seguidores no determina la preparación, estudio, validez científica y fundamentos de lo que se comparte. "A mí me funcionó" no es suficiente. Cómo detectives, pongamos bajo tela de juicio todo lo que leemos, y sepamos escoger nuestras fuentes con cuidado. Más que sermón tómelo como una invitación.

Ahora sí, lo que lo trajo a este artículo: entender el efecto que tiene ignorar una emoción negativa en un niño. Veámoslo con un ejemplo.

Un niño está montando bicicleta, se cae contra la acera, se raspa la rodilla y empieza a sangrar. No conozco el primer padre que me pregunte si en este caso sería recomendable dejar al niño solo en el piso sangrando. El instinto materno no pone en duda la necesidad de socorro, contención y afecto. Ahora veamos otro caso parecido. Un niño se tira al piso, llora y patalea, está completamente frustrado, su ritmo cardiaco se acelera, sus músculos se contraen y su cerebro está liberando cortisol (descripción gráfica de una pataleta si acaso hay dudas). Los adultos entonces ahí sí me pregunta si es recomendable dejarlo solo e ignorarlo. Ambos escenarios son idénticos en términos del desarrollo. Tanto el sangrado como los niveles de cortisol necesitan un adulto que acompañe y consuele.

“Si lo ignoro él va a lograr calmarse solo”. Mito número uno y que mas escucho entre adultos. Debido a la maduración cerebral el niño NO es capaz de regular sus emociones sin un adulto que acompañe, modele y guíe. Su corteza pre-frontal no está lo suficientemente desarrollada como para conseguir procesar la emoción y bajar los niveles de excitación sin ayuda externa. Siempre le repito a las madres: ustedes son la fuerza reguladora de su hijo, porque él no lo va a lograr calmarse por su propia cuenta (aplica desde los 0 hasta MÍNIMO los 7 años).

Lo que usted ve después de quince minutos de un niño que llora solo; lo que usted ve después de media hora de un niño en el piso enfurecido, no es calma: es cansancio y represión. Usted deja a su hijo solo, la emoción negativa desaparece y usted lo siente como una batalla ganada. La realidad es que esa batalla la perdieron ambos: tanto usted, como su hijo. ¿Quién ganó? Ciertamente no lo se.

La expresión de una emoción logra catarsis. En palabras mas sencillas: liberación emocional logra sanación. Cuando no se da la expresión emocional entonces la emoción queda reprimida y busca alguna u otra manera de salir, por ejemplo, con síntomas psicosomáticos (enfermedad física) o comportamientos escalados (agresión). Los padres creen que la emoción, cuando se deja a merced de niño, se desvanece en el aire. La emoción se reprime y acumula. La metáfora que utilizo con mis niños en sesión es la metáfora de un globo. El aire representa la rabia o tristeza, puedo ir inflándolo poco a poco, y él se irá haciendo mas y mas grande, pero no importa cuanto aire le quepa, en algún momento mi globo no aguantará ni un poco mas y ¡PLUM!

¿Qué le diría a los padres que me dicen algo así como?… “Yo lo dejo que haga su pataleta o berrinche, lo dejo que llore o que se enfurezca. Le doy permiso, y me quedo ahí a su lado, esperando”. Yo le diría, no es suficiente. La expresión y un estado de activación en el cuerpo no son suficiente para lograr procesar una emoción. En otras palabras, quedarse junto al niño mientras él hace el berrinche en su máxima expresión es otra forma de ignorar, mas sutil, pero sigue siendo ignorar. “¿Pero por qué? si estoy dejando que se exprese”. Sí, pero no estás ayudando a que se regule y aprenda qué hacer con eso que siente.

Esa es la clave: no solo dejarlo sentir, sino mostrarle una salida a esa emoción que parece atraparlo. ¿Cómo le muestro la salida? Estableciendo contacto físico cálido; creando empatía; nombrando la emoción y validando; respirando y moviendo el cuerpo para resetear el sistema nervioso; y buscando estrategias reparadoras para el problema que causó la emoción en primer lugar.

“Acompañar una pataleta o emoción negativa es ceder o ser indulgente”, me dirán muchos. Les aclaro: conectar con un niño alterado no tiene nada que ver con darle lo que quiere. Tiene que ver con darle A SU CEREBRO LO QUE NECESITA. Malcriamos cuando tenemos miedo a la pataleta, en lugar de verla como un respuesta deseada y una oportunidad de crecimiento mutuo. Malcriamos cuando tenemos tanto miedo a las emociones de nuestros hijos que las evadimos a como de lugar. Los distraemos (con juegos, muñecos, comida, celulares, Ipads); los regañamos (“Yo te voy a dar una razón real para que llores” seguido de una palmada); o simplemente, los ignoramos (“me voy hasta que te calmes” “te quedas solo hasta que estés feliz otra vez”).

¿Y por qué malcriamos cuando hacemos esto? Porque les estamos quitando la oportunidad de aprender a regularse, de aprender a gestionar la emoción, de aprender a nombrar lo que sienten y conectar con su cuerpo. Malcriamos porque los estamos convirtiéndolos en adultos desequilibrados, incapaces de entender lo que sienten, incapaces de comunicar sus necesidades de manera asertiva. Malcriamos porque en lugar de enseñarles a superar el obstáculo, lo estamos haciendo a un lado, pretendiendo que “si no lo miro no está ahí”. Mi objetivo es que de ahora en adelante, cada vez que sean testigos de la emoción de su hijo, digan: ¡Bravo! Una oportunidad para ayudar al cerebro de mi hijo a desarrollarse, gracias a mi respuesta intencional.

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