El amor hay que sentirlo en voz alta

Actualizado: jun 17



Psicólogos, pediatras, jardines infantiles, centros de estimulación... todos hablan de FORTALECIMIENTO AFECTIVO, pero, ¿qué es y por qué es DECISIVO para los bebés y niños en desarrollo? La verdad es que vemos cada vez más familias poniendo límites al afecto. El amor se siente, sí, pero en silencio, con condiciones o limitantes.

Nos dicen:

- “Deje al bebé llorar para que sea independiente”

- “Si lo lactas cada vez que te pide lo vas a malcriar”

- “Si lo lactas después del año será un pervertido”

Les decimos:

- “Hijo, te amo, si te portas bien”

- “Si no haces lo que te digo entonces me voy y te dejo solo”

- “Solo si te comportas bien juego contigo”

Todas esas frases, que no son mas que mitos, parecieran olvidar que el apego materno es el insumo fundamental para asegurar la supervivencia de un bebé y su adecuado desarrollo. Hoy incluso sabemos que dicho apego está programado genéticamente y se desarrolla durante el primer año de vida, a través de contacto físico, gestos afectuosos y la lactancia. Sin embargo, aun hoy, parece ser un aspecto dejado en un segundo plano, olvidado o mal entendido. Porque creemos que dar amor malcría, que dar demasiado de nosotros los va a hacer débiles, que al afecto se le debe poner condiciones, y en realidad es TODO LO CONTRARIO.

La historia del amor maternal y su estudio comienza con una fila de gansos siguiendo las botas de goma del austriaco, Nobel de Medicina, Konrad Lorenz. ¿Por qué lo perseguían como si fuera su madre? Antes de que los huevos de ganso nacieran los separó de la madre, y al romperse el cascarón él fue al primer ser vivo que vieron.


Desde ese día los gansos lo empezaron a seguir, en fila, a todas partes. Lorenz descubrió entonces que las aves seguirían al primer sujeto al que estuvieran expuestos por un tiempo prolongado tan pronto nacieran, y esta información quedaría grabada como una impronta en su joven cerebro.

A partir de dicha impronta los gansos no solo establecerían el vínculo con su madre, sino también copiarían todo el aprendizaje biológico por imitación (por ejemplo búsqueda de alimento, auto cuidado, apareamiento). Esta fue la primera vez que se pensó con seriedad, desde la ciencia, el tema del vínculo materno y la necesidad de apego con un cuidador primario.


En el caso de los mamíferos, dicha impronta que descubrió Lorenz, se establece a través del olfato y permite que la cría se acerque y que la madre inicie su producción de leche. Así mismo, descubrió que existe un período crítico para el establecimiento de dicha impronta y que suele ser muy cercano al momento del nacimiento, lo que aseguraría la alimentación.


Podríamos pensar entonces que todo está determinado por esos primeros momentos de lactancia y que el apego maternal responde a una necesidad de nutrición y por ende de supervivencia. Pero la respuesta es no. El fenómeno del vínculo es mucho más complejo, tanto en animales como en humanos. Es ahí donde aparece Harry Harlow para poner la ficha de ese rompecabezas llamado apego.

Este psicólogo, famoso por experimentar con monos Reshus, decidió estudiar los efectos que tiene la privación maternal en una cría recién nacida. Para eso separó unos monos recién paridos de sus madres y los enjauló individualmente. En cada jaula introdujo dos artefactos diferentes: una estructura de alambre que sostenía un tetero lleno de leche y un artefacto recubierto de felpa que simulaba la piel caliente y suave de una mamá mono. Pero este último artefacto, confortable y peludito no sostenía ningún tipo de alimento.


La pregunta era sencilla ¿comida o contacto físico? Con este dilema buscaba cuestionar la idea del amor condicional, es decir, ¿el apego materno era el resultado exclusivo de la necesidad de alimentación? La respuesta fue un verdadero descubrimiento. Los monos preferían los artefactos de felpa a pesar de que no contaran con comida. Su conducta en las jaulas era la siguiente: se acercaban a los alambres, se alimentaban del tetero y, tan pronto como terminaban, regresaban a los muñecos de felpa y se aferraban a ellos con fuerza.


Conclusión: ¡la sensación de seguridad puede ser incluso más importante para las crías que la misma alimentación! No obstante, Harlow decidió ir más allá y preguntarse qué pasaría con los monos que no contaban con ningún tipo de simulador materno. Es decir, ¿qué pasaría con los monos enjaulados que no tenían ni una estructura de alambre, ni un muñeco de felpa, sino solo un plato de comida?

Para averiguarlo aisló completamente de cualquier estimulo sensorial a las crías, y los resultados fueron impresionantes. Los monos mostraron alteraciones en su conducta con problemas de sociabilidad y apego en su adultez. La gran mayoría dejaron de comer y terminaban muriendo al llegar a una especie de estado de catatonia.


Las hembras, una vez crecieron, no se interesaron por conseguir pareja e incluso llegaron a mutilar a sus crías. Con este estudio quedó demostrado: los efectos de la privación parental y social durante los primeros años de vida pueden ser devastadores para la vida adulta. Con limitarse a alimentar a un bebé y proveerle los recursos para que sobreviva no es suficiente ¿Cuál es entonces la tarea del cuidador y qué es un apego sano?

En este punto el psiquiatra y psicoanalista John Bowlby puso la última ficha del rompecabezas y desarrolló la teoría del apego afectivo. Según explica, el apego es la primera relación del recién nacido con su madre o cuidador, donde hay un patrón constante y repetitivo de necesidades atendidas. De esta manera, el bebé integra que siempre será cuidado y estará a salvo, desarrollando confianza y merecimiento.

Aunque el apego es un proceso que no termina con el parto o la lactancia, de los 0 a los 3 años sí existe un período crítico donde se fijará con mayor intensidad la confianza con el cuidador primario. Gracias a ese vínculo con el cuidador, que determinará el grado de apego, el niño desarrollará sus competencias sociales. Dentro de su teoría, Bowlby definió cuatro tipos de apego.

El primero de ellos es el apego seguro. Este es el apego que todas las madres y padres queremos lograr con nuestros hijos, donde somos una fuente confiable de amor, apoyo, ternura y suplimos todas sus necesidades básicas. Donde instauramos la confianza de que el mundo es un lugar seguro en el que puede confiar y habitar porque todas sus carencias serán suplidas y siempre será amado y apoyado.

El segundo tipo de apego es el que denominó el apego evitativo. En estos casos la madre o padre están poco presentes y el niño está expuesto a separaciones frecuentemente, sin contención o regulación. El tercer tipo de apego se conoce como el apego resistente o ambivalente y sucede cuando a veces hay vínculo y a veces no, el cuidador algunas veces responde a los llamados y otras veces no lo hace, generando ambivalencia. Finalmente, está el apego inseguro desorganizado que se suele establecer cuando los niños son maltratados o abusados, generalmente con padres con algún tipo de trastorno psicológico.

Las implicaciones del apego temprano son enormes y altamente subestimadas. Ante un apego inseguro se perpetuarán modelos de relaciones negativas, pues tendrán dificultades para desarrollar habilidades sociales y es muy probable que sean conflictivos, incapaces de negociar o conciliar. Pero más grave aún, desde esa carencia construirán sus relaciones de pareja, tal y como lo hicieron las hembras de los monos Rheus en el experimento de Harlow.

En suma, ¿por qué es necesaria una continuidad y estabilidad en los patrones de apego? Dicho de otro manera, ¿por qué es necesario acudir al llanto del bebé y niño de manera inmediata? ¿por qué debemos ser cálidos y amorosos SIEMPRE? ¿por qué no deberíamos acudir al golpe, la amenaza, la humillación o la desaprobación para disciplinar? ¿por qué es importante sentir el amor en voz alta? Porque a partir de su apego seguro se desarrollarán sus competencias sociales, como conducta prosocial y asertiva, y porque se garantizarán relaciones adultas sanas y estables.

Los patrones de apego temprano son el prototipo de futuras relaciones en la vida adulta, son el mapa que guía nuestras relaciones de pareja así no seamos conscientes de ello. Son la raíz en la que solidifica el desarrollo social y emocional del niño y crea, lo que Bowlby llamó, los Modelos Internos de Trabajo.


Es decir, las plantillas y esquemas a nivel cognitivo con los que el niño vivencia el mundo al crecer. Que nuestros hijos se reconozcan merecedores, amados, cuidados y respetados depende de nuestra atención, permanencia y constancia. Depende de nuestra capacidad para reconocer con qué apego crecimos de niños, sanarlo y querer hacerlo mejor con ellos. Depende de que nos recordemos cada instante que el amor se debe sentir, todos los días, en voz alta y bien fuerte.