• Marcela Lozano

El aprendizaje como experiencia emocional



La palabra aprendizaje generalmente se asocia con desarrollo cognitivo; sin embargo, es muy importante recordar el lugar que tienen las emociones en este proceso. De esta manera, uno de los factores claves para los aprendizajes futuros, es la calidad del vínculo que se crea entre los progenitores y el niño. Cuando se logra una base segura en la emocionalidad del niño, es más probable que cuente con la confianza necesaria para emprender la aventura del aprendizaje.


En este punto hay un gran reto para todos nosotros y es reconocer los límites del amor. El niño necesita sentirse acompañado en su emocionalidad, tanto en sus alegrías como en sus miedos y enojos. A la vez, necesita sentir que confiamos en ellos lo suficiente para permitirles tener ciertos logros de manera autónoma. Es decir, es muy importante que el niño reconozca en sus padres una figura de protección y a la vez un voto de confianza que invita a crecer en autonomía.


Cuando el niño llega al jardín pone a prueba el modelo de relación que trae de casa y por tanto se necesita de un proceso de ajuste para que el niño logre incorporar o ampliar sus formas de relación. El niño aprende que hay diferentes modelos de autoridad y va descubriendo cómo relacionarse con cada uno de ellos. Por otro lado, trae unas formas de relación con hermanos, primos o amigos cercanos que también va reajustando de acuerdo con las experiencias que tiene con sus compañeros en el taller.


De esta manera, la relación con los otros es la mayor fuente de aprendizaje para los niños. Siendo así, en el taller trabajamos para fortalecer el vínculo de las maestras con cada niño y de los niños entre sí. La forma en la que la maestra u otro compañero responden ante las acciones del niño, es insumo para que él sea consciente de lo que causa en las demás personas y así vaya fortaleciéndose en la habilidad para leer a los otros.


Aprender no es solo entrar en relación con otros, es también aceptar que no se sabe, es aceptar la incertidumbre, la falta y todo esto produce un nivel de frustración que es necesario aprender a manejar. A veces es tanta la ansiedad que evoca lo desconocido, que el niño se torna significativamente inquieto y móvil, o por el contrario niega lo que siente, se aísla y se silencia. Es entonces muy importante aprender a leer lo que el niño nos está comunicando más allá de su comportamiento evidente, para darle así lo que realmente necesita.


De esta manera, las emociones juegan un papel clave en el aprendizaje, siendo el motor del mismo. El niño aprende lo que le resuena, lo que adquiere sentido para él, teniendo en cuenta sus saberes y vivencias previas. Es por esto que en el taller, los niños aprenden desde sus propias experiencias, que al reflexionar sobre ellas, se convierten en nuevos conocimientos aplicables en su vida diaria

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