• Marcela Lozano

El poder de la naturaleza para nuestros niños



En la actualidad cuando los niños pasan más tiempo frente al televisor o la Tablet, los espacios de exploración con la naturaleza se han convertido en un tesoro escaso. La exploración es una actividad natural de la infancia, se da de manera espontánea como un medio sano para conocer y aprender del mundo. Sin embargo, para que un niño explore necesita sentirse lo suficientemente seguro para distanciarse de su figura de seguridad y enfrentarse a la incertidumbre de lo desconocido y en este punto tenemos una gran responsabilidad los adultos. Es necesario que demos espacio a nuestros hijos, el niño necesita sentir que él puede estar bien en ausencia de su figura de seguridad y que además se puede divertir, crear y experimentar.


De esta manera, el niño necesita sentirse con cierta libertad y crecer en su independencia para explorar el medio que le rodea. Explorar es la forma de ponerse a prueba en el mundo, medir su fuerza, descubrir sus habilidades y aptitudes, experimentar con olores, sabores y texturas, conocer la propiedad de los objetos y sus diferentes usos. En este sentido, lo más importante es avivar e impulsar su curiosidad, su deseo de conocer y de explorar. Un niño curioso, es un niño que va al mundo a experimentar, lo cual lo llevará a plantearse preguntas, generar hipótesis, comprobarlas o refutarlas para ir construyendo sus teorías explicativas del mundo y de los otros. El niño hace ciencia desde pequeño: siempre está en el intento de conocer su medio.


Cuando los niños exploran la naturaleza tienen unas ganancias adicionales: aprenden sobre el cambio, los procesos, se conectan con la tierra a través de la siembra y la cosecha y aprenden a cuidar del medio de manera natural. Además, las investigaciones actuales coinciden en que la exploración de la naturaleza en la primera infancia jalona las diferentes dimensiones del desarrollo: mejora la capacidad cognitiva, el rendimiento académico futuro, fomenta la concentración, el manejo del cuerpo, la disciplina, las relaciones sociales y el bienestar emocional.


A la vez, la naturaleza nos provee de miles de metáforas para hablar sobre la vida y la muerte con nuestros hijos. Así por ejemplo, en ocasiones buscamos la forma de explicarle a nuestro hijo que no es posible alcanzar sus logros a la perfección de manera inmediata porque todo requiere un proceso. En este caso, si nuestro hijo ha sembrado y ha visto que una semilla se demora en germinar y en florecer, podríamos utilizar esta metáfora para ayudarle a comprender el tiempo que toman los procesos. Igualmente, cuando hay dificultades de alimentación, permitirle al niño sembrar, cosechar sus frutos e ingerirlos, tiene beneficios inigualables.


En estos momentos de exploración ¿cuál es el lugar del adulto? Más que dar respuestas a los interrogantes del niño, se trata de acompañarlo sabiendo distinguir entre cuándo es apropiado intervenir y cuándo es preferible respetar el espacio del niño. Un niño que explora es un niño seguro y preparado para asumir la incertidumbre de la vida.

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